sábado, julio 15, 2006

LA UNIVERSIDAD TODO LO SABE

Campos cultivables de mi universidad en el campus universitario de La Molina

Alguna vez escuche como leyenda urbana que los campos de cultivos de mi universidad están llenos de deliciosos árboles frutales de todo tipo, pero como mi universidad es tan grande -200 hectáreas solo de campus- me ha sido difícil recorrerlo por completo en los años que llevo tras las aulas y la granja, pero gracias al intrincado horario universitario que alguna vez, en algún año, me dejo un par de horas libres entre una clase y otra, tiempo suficiente para regresar a casa y volver refrescado y listo para la siguiente clase de la tarde. Es así como con mis leales vasallos de aventuras -Pepe y Dunkin- alguna vez nos propusimos ir a expropiar deliciosas frutas recién cortadas en los campos experimentales de la facultad de agronomía -ósea: en la "chacra"-. Fue así, saliendo presuroso de clase, encontrándonos a la hora pactada nos reunimos y partimos a la expedición en pos de la fruta secuestrada por la malvada burocracia universitaria, nos armamos de valor y nos dirigimos hacia los campos de cultivo, caminamos y caminamos -¿les dije que son 200 hectáreas?-, nos cansamos a los quince minutos bajo un sol de verano, desistimos de la idea cinco minutos después, curamos heridas de guerra –sed- y continuamos la marcha, pero no encontrábamos nada. ¿Dónde diablos estará toda esa fruta fecunda?... cuando al fin encontramos luego de muchas vueltas abundantes cultivos de vid, que felicidad, a saciar el hambre y llenar el buche, pero una sola fruta... uhm, no lo creo. Solo me abrió el apetito y vamos por mas, síganme.
Luego de tomar provisiones nos encaminamos por otro rumbo hacia el observatorio meteorológico, donde luego de una ardua marcha a medio paso y doble cotilleo encontramos manzanas, naranjas, mandarinas y duraznos colgados por montones sobre su árbol, a esperas de nuestras manos prodigas para saciar nuestra incoherente dieta frutariana, eran tan vasto el campo de cultivo, que cada uno "chapo" su árbol y empezó a cosechar directamente a la mochila –morral, para mis amigos mexicanos- mientras miraba de reojo que las “arvejitas” –los guardianes de los campos de cultivo- no nos estuvieran acechando, fue tanta la emoción del momento y el deseo por tener un poco de todo que nos perdimos de vista, si de verdad, ahora entenderán la magnitud de esos campos, dándome por informado yo también al no encontrar a mis amigos, ¿o acaso habían sido capturados?... pues ni modo, seguí con mi faena usurpadora y cuando no pude levantar mi mochila con facilidad, decidí que el botín ya era suficiente para volver a la civilización, y volví solo, siempre volteando atrás para tratar de visualizar algún extraviado expedicionario pero sin éxito, camine de regreso, bajo el sol sofocante, hasta que llegue a un discreto pabellón cerca de las aulas de post grado, donde pude limpiar la mercadería y empezar a engullirla con gusto, fue justo en ese momento cuando volví a ver a mis colegas, también botín al hombro y nos reunimos para compartir tan opíparo festin, comimos hasta que nos saciamos, pero aun quedaba suficiente fruta para surtir las despensas de casa por dos o tres días, aun así acordamos volver a casa, obviando nuestras respectivas clases debido a que teníamos evidencia hostil –estábamos tan sucios como cerdos que se revuelcan en su charco.
Pero la anécdota final sucede cuando decidimos pasar por la biblioteca en busca de un baño discreto en donde podamos limpiar nuestras caras, es así que al traspasar las puertas del edificio mencionado activamos el detector de la entrada despertando inmediatas sospechas del encargado y los clásicos curiosos –la alarma suena si alguien saca libros sin desactivarlos- por lo que nos vimos en la vergonzosa necesidad de abrir nuestras mochilas para demostrar que no teníamos libro alguno tomado deshonestamente. Pude poner en practica aquella cara de santo que de tantos apuros me saco de niño pero no fue suficiente para no levantar sospechas del encargado, aun así este no nos dijo nada, solo nos miro de arriba abajo y murmuro algo que pretendí no escuchar. así aprendí mi lección, pues hasta el día de hoy no piso la biblioteca ni para sacar un libro, y ya no trato de propasarme de la inteligencia burocrática que a las frutas de sus campos de cultivos les pone detector para impedir que las tomen manos sin escrúpulos... o me equivoco.
Aun así, las frutas que me quedaron no las comí nunca y alguna vez solo me atreví a comer unas moras dulces, en el tiempo de receso mientras hacia mis practicas, pero claro con el respectivo permiso de mi centenaria universidad que todo lo sabe.

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