miércoles, julio 26, 2006

LA GUERRA DEL CONTROL REMOTO


“El poder nace de la punta del fusil”, dijo Mao Zedong. ¡Cuán equivocado estaba! Ahora todos sabemos que el poder nace de la punta del control remoto. No niego que en algunos episodios históricos la punta del fusil ha conseguido el poder político. Pero yo hablo de un poder mucho más importante: el poder doméstico. Es allí donde se dirime constantemente la primacía entre los cónyuges, la llamada “batalla de los sexos”. Si alguna vez el poder doméstico dependió de leyes estatales, de epístolas que proclaman la servidumbre femenina o del conflicto cotidiano de personalidades, desde hace años reposa en estos cacharros que, de manera inexplicable, son capaces de manejar el televisor mediante un rayo invisible.
Dije el televisor pero podría haber mencionado cualquier aparato electrodoméstico, pues ya casi todos son gobernables con el mando a distancia: el radio, el equipo de sonido, el lector de DVD, el selector de canales digitales, el aire acondicionado, la calefacción, las cortinas eléctricas, el horno, la cafetera. Un día el control remoto traerá su propio control remoto, lo que nos permitirá dirigirlo desde lejos.

La palabra clave es “lejos”. Hasta hace unos años era preciso pilotar los enseres caseros desde el adminículo mismo. Había que superar la lejanía: aproximarse al objeto. Esto implicaba levantarse, caminar, agacharse, examinar botones, moverlos, alejarse. La operación debía repetirse cuantas veces quisiera cambiarse de programa o de condiciones de emisión. Todo ello se hace ahora sin movilizar más que una mano y el dedo índice de esa mano. Practicando un poco, algunos logran dominar el mando ¡con una sola falange del dedo!
Aparte de las ventajas de comodidad que el control remoto significa, su presencia en los hogares ha provocado hondos cambios socioeconómicos. A él se debe, en buena parte, el descenso en la tasa de nacimientos. Hasta hace un tiempo las parejas no paraban de ampliar la familia, porque siempre hacía falta un hijo menor que atendiera las instrucciones de los demás para manejar el televisor.

– Luchito, cambia de canal.
– Luchito, bájale el volumen.
– Luchito, se está viendo muy oscuro.
– Luchito, apaga el televisor y tráeme un vaso de agua.
El control remoto aún no lleva vasos de agua, pero en todo lo demás ha reemplazado a Luchito. Por eso ya no hace falta Luchito, y las parejas se contentan con un hijo o dos. Y un buen mando a distancia.
Pero la mayor revolución que debemos al mágico artefacto es la de haber sacudido los cimientos del poder doméstico, que ahora se afin can en él. Quien controla el control, controla la casa. Esa persona decidirá qué ve la familia y a qué horas; qué oye, cuándo y con cuánta intensidad de volumen; qué temperatura reinará en la habitación y en qué momento bajarán las persianas. Y lo hará sin aspavientos. Cómodamente sentada en un sillón. Le bastará con estirar la mano, apuntar al blanco deseado con el ojo de este cíclope invaluable e impartir una orden al teclado con el dedo o la última falange del dedo. ¡Zas!, el mundo obedecerá. ¿Que no gustó lo que oía, veía, sentía, olía? Otra tecla, y nuevo mundo.

El poder corrompe, y el que otorga el control remoto ha corrompido los hogares. Ahora hay pujas, malos tratos y aparatosas peleas por el artilugio. Muchas parejas afectadas se rompen y quieren divorciarse, pero también pretenden hacerlo por control remoto.
A mí sinceramente me sorprende que la posesión del aparatico suscite riñas y destroce hogares. Resulta obvio que el control remoto nació al servicio del hombre. No de la humanidad, sino del hombre, el macho, el varón, papá. Está demostrado que la mujer permanece con la vista fija en la pantalla durante las largas horas que duran la telenovela o el programa sobre asuntos de salud. El hombre, no. Él cambia, busca, rebusca. Desde los tiempos de las cavernas le corresponde proteger a su familia. Por eso procura mantenerse informado, adivinar el peligro, adquirir toda noticia, permanecer despierto. Sin el control remoto no podría hacerlo. O lo haría mal. Y necesitaría a Luchito.

Pero hay algo más, que la ciencia oculta celosamente. El control remoto emite unas ondas magnéticas, los rayos B, así llamados porque estimulan en el usuario el crecimiento del bigote. Al despojar a su cónyuge del mando a distancia, el esposo no hace nada distinto que evitar la desastrosa aparición de gruesas cerdas oscuras sobre el labio superior de su amada esposa. Cerdas que en el caso de él se disimulan, pero en el de ella no.
Muchas mujeres se niegan a aceptar estos hechos científicos, y algunas han llegado a la amenaza nefanda: “¡Compraré mi propio control remoto, y veremos quién manda!” Mi consejo es que no lo haga, señora. La fidelidad matrimonial moderna pasa por allí. Hasta los mejores maridos estamos dispuestos a aceptar que la esposa tenga otro señor, pero jamás otro mando a distancia.

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